Por José Clemente Taveras Rivas

Nacido y criado en Estancia Nueva

Usando un formato no acostumbrado, los elefantes empiezan hoy escribiendo en primera persona en tiempo presente del modo indicativo, para lo que así puede aplicar.

Nos deja absorto lo que trae a colación un renombrado articulista, oriundo de la culta y progresista ciudad de Moca, como decía el esforzado costumbrista y mentor, Gabino Núñez Rosa, en sus transmisiones por su estación de radio conocida originalmente como “La Voz del Cibao”.

Quienes me enseñaron a leer y escribir en la escuela de San Francisco Abajo, localizada a un kilómetro de distancia de mi lar nativo, Estancia Nueva, se esmeraron mucho por la fortaleza de su alumnado en lectura comprensiva y así crear una mente capaz de reflexionar sobre los textos leídos para un mejor entendimiento.

En la entrega de José Rafael Lantigua, que como cada viernes, hace al Diario Libre que Linche, el hijo de Doña Amparo Escoboza engrandeció, me pone a pensar que el interés del autor, en pleno mes de la celebración de las fiestas del Rosario, aparte de destacar merecidamente las virtudes de Bruno, el hijo de Don Juancito Rosario, amigo hasta los tuétanos de mi familia, era hacer notar la visita del sátrapa Trujillo al santuario del Corazón de Jesús y su leve caricia en la cabeza al benjamín de los monaguillos de ese templo.

Eso no viene al caso si se busca honrar la figura de una familia, que como la Rosario Candelier, siempre asistía a los actos religiosos de la parroquia que supo dirigir el Pbro. Carlos Tomás Bobadilla y sus acólitos por excelencia Pedro y Artagnan.

La iglesia del Rosario tiene un origen muy diferente. Fue fundada en el siglo XVIII gracias a la iniciativa de Andrés García Colón y su esposa Gerónima de la Caba, quienes forman parte de mis antepasados por el lado materno.

Parafraseando al autor, a quien conocí por primera vez en plena campaña política del año 1966, mientras me dedicaba a llenar formularios para la obtención de cédulas a nuestros compañeros del Partido Revolucionario Dominicano, en su local de la calle Imbert, llegó el momento en que conjuntamente con Winston Arnaud, Tomas Cueto, el propio Lantigua y yo, tuvimos que salir por los campos de la provincia para promover nuestras candidaturas en vehículos provistos de altoparlantes, siendo agredidos en diferentes lugares por esos enemigos creados por los intereses de quienes sembraron en el poder, un régimen de doce años en principio y el resto es una historia que en 1996 pasa a otras manos que lucían muy higienizadas y albergaban la esperanza de un sano ejercicio de gobernanza, pero el virus del poder las contagió para encaminar sus preferencias por la implantación de la ley del embudo.

No soy de Moca, soy de la Estancia Nueva que vio nacer no solamente Cáceres, Guzmán y Taveras, sino también a Rodríguez, Vásquez, García, López y muchos más.

Tenemos la honrosa fortuna de contar entre nuestros congéneres a Juan Rodríguez García, el más digno opositor al régimen trujillista, quien valientemente, no escatimó esfuerzos para acabar con esa maldita dictadura, hasta caer en un estado depresivo que lo indujo al suicido, en noviembre de 1960, unos seis meses antes de la gesta del 30 de mayo de 1961, mientras vivía en el exilio en Barquisimeto, Venezuela.

El hoy octogenario Bruno es más que merecedor de todo lo dicho por Lantigua en su trabajo.

Felicidades y salud plena para ese roble erguido que nos sigue acogiendo bajo la sombra de su enseñanza.

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