La República Dominicana es un país lleno de gente buena y la excepción a esa regla son los políticos.

Los políticos solamente acuden a las masas populares cuando quieren servirse de su bondad y luego les dan la espalda.

El trascendental fenómeno que ha ocurrido con la aparición del coronavirus ha puesto a todos los países del mundo a pensar al unísono, algo sin precedentes en toda la historia. La República Dominicana se ha colocado en esa fila y ha tomado medidas que, en otras circunstancias, nunca habrían sido adoptadas.

Un cierre temporal de ciertas importaciones en un país como el nuestro era una necesidad pero no había voluntad politica para tomar una decisión así, para no tener que enfrentar muchos sectores de poder que están involucrados en el negocio.

El coronavirus ayudará a que nuestra balanza de pagos tenga un cierre menos desequilibrado y quizás la depreciación de la moneda nacional se desacelere. Habrá mas holgura para que las clases necesitadas puedan hacer sus ahorros a falta de la inducción a la compra de bienes importados a base de endeudamiento.

Consumiremos alimentos de producción netamente dominicana y no podrán ser exportados los frutos y vegetales de primera categoría para vender localmente los rezagos de los embarques, como es la tradición.

El 2020 será recordado como un año que marca el punto de partida hacia un mundo diferente porque la humanidad se puso de acuerdo para lograr un objetivo común.

En República Dominicana no se olvidarán pronto de lo ocurrido , porque el gobierno de turno, se ha aprovechado del espíritu de cooperación del pueblo para preservar la salud de la humanidad y ha anunciado una erogación de USD395.5 millones en favor de Odebrecht para “concluir” la cuestionada y fatídica planta de Punta Catalina y evitar un arbitraje.

Han cogido al pueblo movido de las bases y con ese viraje sorpresa, ahora quieren declarar un innecesario estado de emergencia para que nadie pueda ni siquiera quejarse por semejante acción, a todas luces lesiva de los intereses de nuestra nación.

El mejor árbitro que existe es la conciencia nacional y de seguro cantará “balk” a semejante jugada.

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